Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN
"La estabilidad no consiste en impedir el movimiento. Consiste en ser capaz de controlarlo cuando aparece."
"Busco una zapatilla que me sujete bien"
Es una petición muy habitual.
Muchas personas asocian la sensación de ir bien sujeto con la idea de caminar de forma más segura.
Y es comprensible.
Cuando un zapato abraza el pie con firmeza, transmite una sensación inmediata de control.
Parece que todo está bajo control.
Pero la sensación y la realidad no siempre son la misma cosa.
Porque una cosa es sentirse sujeto.
Y otra muy distinta es haber desarrollado una mayor capacidad para estabilizar el cuerpo.
¿Qué significa realmente ser estable?
Si preguntáramos a diez personas qué entienden por estabilidad, probablemente la mayoría respondería algo parecido.
"No moverse."
"Estar firme."
"No perder el equilibrio."
Sin embargo, la biomecánica moderna propone una idea diferente.
La estabilidad no consiste en permanecer inmóvil.
Consiste en seguir controlando el movimiento mientras todo cambia.
Cuando caminamos, el centro de gravedad se desplaza continuamente.
Cada paso es, en realidad, una pequeña caída controlada.
El cuerpo nunca está completamente quieto.
Está realizando miles de ajustes diminutos para no dejar de avanzar.
Ser estable no significa eliminar esas oscilaciones.
Significa saber gestionarlas.
La estabilidad nace del movimiento
Existe una paradoja interesante.
Cuanto más intentamos inmovilizar completamente una articulación, menos oportunidades tiene el sistema nervioso para aprender a controlarla.
Es parecido a aprender a montar en bicicleta.
Si alguien nos sostiene continuamente, nunca desarrollaremos por completo las habilidades necesarias para mantener el equilibrio por nosotros mismos.
El aprendizaje aparece cuando el organismo tiene que resolver pequeños desafíos.
Lo mismo ocurre con el movimiento.
Los mecanismos de estabilidad mejoran cuando participan.
No cuando permanecen inactivos.
Sujetar puede ser útil
Esto no significa que los elementos estabilizadores sean innecesarios.
Ni mucho menos.
Después de un esguince reciente.
Durante determinadas patologías.
En algunas enfermedades neurológicas.
O en situaciones muy concretas.
Un mayor soporte puede ser una herramienta extraordinariamente útil.
Puede reducir la carga sobre determinados tejidos.
Puede aumentar la sensación de seguridad.
Puede facilitar una recuperación progresiva.
El problema aparece cuando confundimos una estrategia temporal con una solución permanente.
Porque el objetivo nunca debería ser depender de una ayuda para siempre.
El objetivo debería ser recuperar, siempre que sea posible, la capacidad del organismo para estabilizarse por sí mismo.
El cerebro también participa en la estabilidad
Muchas personas imaginan la estabilidad como una cuestión exclusivamente muscular.
Pero la fuerza es solo una parte de la historia.
Antes de que un músculo actúe, el cerebro necesita saber qué está ocurriendo.
Necesita información.
¿Dónde está el pie?
¿Cómo responde el suelo?
¿Hacia dónde se desplaza el cuerpo?
¿Cuánto equilibrio se está perdiendo?
Toda esa información llega en apenas unas fracciones de segundo.
Y es entonces cuando el sistema nervioso organiza la respuesta.
Por eso la estabilidad no depende únicamente de tener músculos fuertes.
Depende de la calidad de la información y de la rapidez con la que el organismo sabe utilizarla.
¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?
Muchísimo.
Una de las características del calzado minimalista es que suele permitir una mayor libertad de movimiento del pie.
Eso no convierte automáticamente a quien lo utiliza en una persona más estable.
Pero sí puede ofrecer más oportunidades para que el sistema nervioso participe activamente en el control del movimiento.
Siempre que esa exposición sea progresiva y adecuada.
Porque la estabilidad no aparece por llevar un tipo concreto de calzado.
Aparece cuando el organismo aprende a gestionar la información que recibe.
El barefoot puede favorecer ese aprendizaje.
Pero no puede sustituirlo.
Lo que veo cada día en consulta
Hay pacientes que llegan convencidos de que necesitan una zapatilla con más control.
Y, en algunos casos, tienen razón.
Pero muchas veces descubren algo inesperado.
A medida que mejoran su fuerza, su equilibrio y su confianza, dejan de necesitar el mismo nivel de soporte que antes les parecía imprescindible.
No porque el zapato haya cambiado.
Sino porque ha cambiado el organismo.
Eso me recuerda constantemente que la mejor estabilidad no es la que proporciona un objeto.
Es la que el cuerpo es capaz de construir.
Qué puedes hacer desde hoy
La próxima vez que pienses en estabilidad, intenta cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarte:
"¿Qué puede hacer este zapato por mí?"
Pregúntate:
"¿Qué capacidades puede desarrollar mi cuerpo para depender un poco menos de esa ayuda?"
No siempre será posible.
No siempre será necesario.
Pero cuando el organismo recupera parte de esa capacidad, gana algo más importante que estabilidad.
Gana autonomía.
🔬 En una frase
La estabilidad no consiste en impedir el movimiento, sino en tener los recursos necesarios para controlarlo cuando cambia el entorno.
La idea más importante
La verdadera estabilidad no puede colocarse dentro de una zapatilla.
Se construye mediante la interacción entre el sistema nervioso, los músculos, los sentidos, la experiencia y el entorno.
Las ayudas externas pueden ser extraordinariamente útiles cuando existe una necesidad concreta.
Pero el objetivo, siempre que las circunstancias lo permitan, debería ser favorecer que el propio organismo vuelva a asumir ese trabajo.
Porque sentirse sujeto no siempre significa ser más estable.
La estabilidad más sólida es aquella que viaja contigo, independientemente del calzado que lleves puesto.
Una pregunta para reflexionar
Piensa en una situación en la que te hayas sentido especialmente seguro al caminar.
¿La seguridad provenía realmente del calzado… o de la confianza que tenías en la capacidad de tu cuerpo para responder si algo inesperado ocurría?
En el próximo artículo…
Si la estabilidad ha generado muchos malentendidos, existe otro concepto del calzado que también suele simplificarse en exceso.
El drop.
¿Por qué algunas zapatillas elevan el talón varios milímetros?
¿Qué ocurre cuando esa diferencia desaparece?
¿Es mejor un drop alto o un drop cero?
En el próximo capítulo descubriremos que el drop no es un enemigo ni un salvador. Es una variable biomecánica que modifica cómo se distribuyen las cargas, cómo trabaja la musculatura y cómo percibe el cuerpo el movimiento.
Y, una vez más, veremos que la pregunta correcta no es cuál es el mejor.
La pregunta es para quién, para qué y en qué momento.