Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN
"El movimiento más eficiente no suele ser el más controlado. Suele ser el que el cerebro organiza con mayor libertad."
"Doctor... cuanto más intento caminar bien, peor camino."
Nunca olvidaré esa frase.
La pronunció una paciente que llevaba meses intentando corregir su forma de caminar.
Había visto vídeos.
Había leído artículos.
Había recibido numerosos consejos.
Debía apoyar primero el talón.
Después activar el arco.
Mantener alineada la rodilla.
Controlar la pelvis.
Relajar los hombros.
Mover correctamente los brazos.
Respirar de determinada manera.
Intentaba hacerlo todo.
Y, precisamente por eso, había dejado de caminar con naturalidad.
Cada paso parecía un examen.
No le faltaba información.
Le sobraban instrucciones.
Caminar no es resolver una ecuación
Cuando aprendimos a caminar de niños, nadie nos explicó dónde colocar cada articulación.
No sabíamos qué era el centro de gravedad.
Ni el tríceps sural.
Ni la pronación.
Aprendimos explorando.
Probando.
Cayéndonos.
Volviendo a intentarlo.
El cerebro fue seleccionando, poco a poco, las estrategias que mejor funcionaban.
No memorizó un movimiento.
Aprendió un problema.
Y encontró muchas formas distintas de resolverlo.
Eso sigue ocurriendo durante toda la vida.
El cerebro trabaja mejor cuando no tiene que pensar en todo
Imagina una orquesta.
Cada músico conoce perfectamente su instrumento.
Sin embargo, durante un concierto nadie espera que el director indique una por una cada nota que debe tocar cada violinista.
Sería imposible.
El movimiento funciona de una manera parecida.
El cerebro no controla conscientemente cada fibra muscular.
Organiza objetivos.
Coordina sistemas completos.
Permite que múltiples estructuras colaboren automáticamente.
Cuando intentamos supervisar cada pequeño detalle, interferimos con una organización que lleva años perfeccionándose.
No porque pensar sea malo.
Sino porque algunas tareas funcionan mejor cuando el control consciente deja espacio a los procesos automáticos.
La atención cambia la calidad del movimiento
La investigación en aprendizaje motor lleva décadas mostrando un fenómeno muy interesante.
Cuando centramos toda nuestra atención en mover una parte concreta del cuerpo, el movimiento puede volverse más rígido.
Más lento.
Menos eficiente.
En cambio, cuando dirigimos la atención hacia el objetivo de la acción —por ejemplo, caminar con fluidez, alcanzar un lugar o impulsarnos hacia delante— el sistema nervioso suele organizar mejor el conjunto del movimiento.
No significa que nunca debamos prestar atención al cuerpo.
Significa que el cerebro parece aprender mejor cuando entiende qué quiere conseguir, en lugar de intentar controlar cada uno de los mecanismos que utiliza para lograrlo.
¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?
Muchísimo.
Hay personas que comienzan a utilizar un calzado minimalista convencidas de que deben modificar conscientemente toda su forma de caminar.
Empiezan a pensar en cada apoyo.
En cada dedo.
En cada músculo.
En cada fase de la marcha.
Y terminan caminando con una rigidez que nunca habían tenido.
El barefoot no consiste en fabricar un movimiento artificial.
Consiste en ofrecer al cuerpo un contexto diferente para que el sistema nervioso pueda explorar nuevas soluciones.
No caminamos mejor porque pensemos más en los pies.
Caminamos mejor cuando los pies pueden participar de forma más natural en el movimiento.
Lo que veo cada día en consulta
Una de las partes más bonitas de mi trabajo ocurre cuando un paciente deja de intentar hacerlo perfecto.
Al principio entra caminando con cautela.
Controlándolo todo.
Observando constantemente sus pies.
Después de varias semanas ocurre algo curioso.
Empieza a hablar mientras camina.
Mira alrededor.
Se olvida de pensar en cada paso.
Y, precisamente entonces, el movimiento empieza a parecerse otra vez al movimiento humano.
Natural.
Flexible.
Espontáneo.
No porque el cerebro haya dejado de trabajar.
Sino porque ha vuelto a confiar en sus propios automatismos.
Qué puedes hacer desde hoy
La próxima vez que salgas a caminar, prueba un pequeño experimento.
Durante unos minutos, deja de pensar en cómo apoyas el pie.
En lugar de eso, dirige tu atención hacia el entorno.
Observa los árboles.
Escucha los sonidos.
Fíjate en el horizonte.
Siente el ritmo del paseo.
Permite que el cuerpo resuelva por sí mismo una tarea que lleva practicando desde hace años.
Muchas veces, cuanto menos intentamos controlar el movimiento, mejor dejamos que aparezca.
🔬 En una frase
El cerebro suele organizar mejor el movimiento cuando piensa en el objetivo de la acción que cuando intenta controlar conscientemente cada una de sus partes.
La idea más importante
El movimiento humano no funciona como una máquina cuyos componentes deban supervisarse continuamente.
Funciona como un sistema complejo capaz de coordinar millones de variables en apenas unas décimas de segundo.
Nuestra labor no consiste siempre en añadir más control.
Muchas veces consiste en devolver al sistema la libertad necesaria para utilizar todo lo que ya sabe hacer.
Porque la calidad del movimiento no depende solo del conocimiento.
Depende también de la confianza que el cerebro tiene en sus propios recursos.
Una pregunta para reflexionar
La próxima vez que camines, corras o subas unas escaleras, pregúntate:
¿Estoy dejando que mi cuerpo resuelva el movimiento... o estoy intentando dirigir conscientemente cada uno de sus pasos?
En el próximo artículo…
Hasta ahora hemos hablado del movimiento desde la perspectiva del cuerpo y del cerebro.
Pero todavía queda una pregunta esencial.
¿Por qué dos personas reciben exactamente el mismo estímulo y su organismo responde de forma completamente diferente?
La respuesta está en un concepto que atraviesa toda la biología: la capacidad individual de adaptación.
Descubriremos por qué no existen recetas universales, por qué el mismo entrenamiento puede producir resultados distintos en personas diferentes y por qué, en biomecánica, comparar nuestro cuerpo con el de los demás casi nunca tiene sentido.