Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN
"El cuerpo no distingue entre una amenaza física y una amenaza emocional. Solo sabe que necesita prepararse para responder."
"No he cambiado nada... pero me duele más"
Hay pacientes que llegan a consulta completamente desconcertados.
No han aumentado los entrenamientos.
No han cambiado de calzado.
No recuerdan ningún golpe.
No ha ocurrido nada especial desde el punto de vista físico.
Sin embargo, el dolor ha vuelto.
Cuando seguimos hablando, suelen aparecer otros detalles.
Un cambio de trabajo.
Una preocupación familiar.
Semanas durmiendo poco.
Una época de incertidumbre.
Y entonces comprendemos algo importante.
Aunque los tejidos no hayan cambiado demasiado, el organismo sí lo ha hecho.
Porque el cuerpo nunca responde únicamente a lo que hacemos.
También responde a cómo vivimos.
El estrés no está solo en la mente
Cuando escuchamos la palabra estrés solemos pensar en algo psicológico.
Pero el estrés también es profundamente biológico.
Es una respuesta que ha permitido sobrevivir a nuestra especie durante miles de años.
Ante una amenaza, el organismo necesita prepararse.
El corazón late más deprisa.
La respiración cambia.
Los músculos aumentan su tensión.
La atención se dirige hacia aquello que el cerebro considera importante.
Todo el sistema entra en un estado de mayor vigilancia.
Durante un tiempo, esa respuesta es extraordinariamente útil.
El problema aparece cuando deja de ser una respuesta puntual y se convierte en un estado permanente.
Un cerebro más vigilante interpreta el cuerpo de otra manera
Imagina que una ciudad recibe un aviso de riesgo elevado.
La policía aumenta la vigilancia.
Los controles se multiplican.
Las alarmas saltan con mayor facilidad.
No significa necesariamente que exista un peligro mayor.
Significa que el sistema está más sensible.
Con el cuerpo ocurre algo parecido.
Cuando el estrés se mantiene durante semanas o meses, el sistema nervioso puede volverse más vigilante.
Empieza a prestar más atención a determinadas señales.
Algunas molestias que antes pasaban desapercibidas ahora resultan más evidentes.
El umbral para activar respuestas protectoras puede disminuir.
No porque el cuerpo esté roto.
Sino porque el cerebro considera que necesita observar con más atención todo lo que sucede.
Respiramos diferente... y también nos movemos diferente
Existe otro aspecto que pocas veces relacionamos con la biomecánica.
La respiración.
En situaciones de estrés solemos respirar más rápido y de forma más superficial.
El diafragma participa menos.
Los músculos accesorios trabajan más.
El tórax permanece más rígido.
Y esa forma de respirar modifica el tono muscular de todo el tronco.
La postura cambia.
El equilibrio también puede cambiar.
La coordinación deja de ser tan eficiente.
No porque respirar mal produzca automáticamente una lesión.
Sino porque altera una parte importante del sistema que organiza el movimiento.
¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?
Más de lo que parece.
Cuando una persona inicia una transición al barefoot durante una etapa de elevado estrés, poca recuperación y fatiga acumulada, el organismo dispone de menos recursos para adaptarse.
No porque el calzado sea el problema.
Sino porque cualquier proceso de adaptación necesita un sistema nervioso capaz de aprender y reorganizarse.
El barefoot no ocurre solo en los pies.
Ocurre en un organismo completo.
Y ese organismo también está condicionado por el contexto en el que vive.
Lo que veo cada día en consulta
Hay temporadas en las que llegan varios pacientes con molestias muy parecidas.
Al explorarles encuentro tejidos razonablemente preparados.
No hay lesiones importantes.
No ha cambiado el entrenamiento.
Pero sí ha cambiado su vida.
Un examen.
Una mudanza.
La llegada de un hijo.
La pérdida de un familiar.
Una etapa de incertidumbre.
Cuando comprendemos ese contexto, el tratamiento deja de centrarse únicamente en la estructura que duele.
Empieza a mirar también al organismo que está intentando adaptarse a todo lo que ocurre a su alrededor.
Porque las personas no entran en la consulta dejando su vida en la puerta.
Traen consigo todo aquello que están viviendo.
Qué puedes hacer desde hoy
La próxima vez que aparezca una molestia, añade una pregunta más a las que ya hemos aprendido a hacernos.
No solo pienses:
"¿Qué he hecho con mi cuerpo?"
Pregúntate también:
"¿Cómo ha sido mi vida durante estas últimas semanas?"
Tal vez descubras que el entrenamiento no ha sido el único cambio importante.
Y entender el contexto suele ser el primer paso para comprender el movimiento.
🔬 En una frase
El estrés modifica la forma en que el sistema nervioso organiza el movimiento y procesa las señales del cuerpo.
La idea más importante
El organismo nunca responde únicamente a los tejidos.
Responde al conjunto de información que recibe.
La carga física.
El descanso.
El sueño.
Las emociones.
Las experiencias previas.
El contexto.
Todo forma parte de la misma conversación biológica.
Por eso entender la biomecánica exige comprender también a la persona que se mueve.
No tratamos pies.
No tratamos rodillas.
No tratamos tendones.
Tratamos seres humanos que intentan adaptarse continuamente a su entorno.
Una pregunta para reflexionar
Piensa en la última vez que el dolor apareció o aumentó.
¿Fue únicamente el resultado de un esfuerzo físico... o coincidió con una etapa especialmente exigente de tu vida?
En el próximo artículo…
A lo largo del blog hemos hablado de carga, adaptación, sueño, estrés y movimiento.
Sin embargo, todavía no hemos abordado un elemento que condiciona todos los anteriores.
La respiración.
Respiramos más de veinte mil veces al día y, aun así, rara vez pensamos en ella.
¿Puede la forma de respirar modificar el equilibrio?
¿Influye en la estabilidad del tronco?
¿Puede alterar la coordinación del movimiento?
En el próximo capítulo descubriremos que la respiración no es solo una función para obtener oxígeno. Es también una herramienta que el sistema nervioso utiliza para organizar la postura, regular el tono muscular y adaptarse a las demandas del entorno.