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ARTÍCULO 16 El cuerpo no se estropea por hacerse mayor. Se adapta a cómo lo utilizas.

3 de julio de 2026 por
JAVIER SALINERO MARTÍN

Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN

"El cuerpo no envejece únicamente con el paso del tiempo. También envejece con la ausencia de movimiento."

"Cada año estoy un poco peor"

Es una frase que escucho con frecuencia.

Personas de cuarenta, cincuenta o sesenta años me dicen resignadas:

—Es normal.

—La edad no perdona.

—Antes hacía estas cosas y ahora ya no puedo.

Siempre les hago la misma pregunta.

—¿Qué ha cambiado realmente?

Y muchas veces la respuesta no está en los años.

Está en el estilo de vida.

Más horas sentado.

Menos caminatas.

Más coche.

Más pantallas.

Más trabajo de oficina.

Menos movimiento espontáneo.

El cuerpo no responde únicamente al calendario.

Responde, sobre todo, a cómo vivimos.

El organismo siempre ahorra energía

Nuestro cuerpo es extraordinariamente eficiente.

Todo aquello que utilizamos con frecuencia intenta conservarlo.

Todo aquello que dejamos de utilizar empieza a reducirlo.

Si caminamos menos…

La musculatura pierde capacidad.

Las articulaciones reciben menos estímulos.

Los huesos disminuyen su remodelación.

El equilibrio se vuelve menos preciso.

El sistema nervioso recibe menos información.

No porque el cuerpo quiera perjudicarnos.

Sino porque intenta ahorrar recursos.

Mantener una función que nunca utilizamos supone un gasto innecesario.

Y la biología siempre busca la eficiencia.

No solo dejamos de mover los músculos

Cuando hablamos de sedentarismo solemos pensar únicamente en los músculos.

Pero ocurre mucho más.

Cada vez que permanecemos horas sentado disminuye la variedad de movimientos que realiza el organismo.

Las caderas pasan mucho tiempo flexionadas.

Los tobillos apenas exploran sus rangos completos.

Los dedos de los pies participan menos.

La columna cambia poco de posición.

Los ojos permanecen fijados durante largos periodos sobre una pantalla.

Incluso la respiración suele hacerse más superficial.

El problema no es estar sentado.

El problema es permanecer demasiado tiempo sin cambiar.

Nuestro cuerpo está diseñado para la variabilidad.

No para la inmovilidad prolongada.

Moverse es alimentar al sistema nervioso

Cada paso aporta información.

Cada cambio de dirección.

Cada escalón.

Cada terreno irregular.

Cada giro de cabeza.

Cada pequeño desequilibrio.

Todo ello mantiene activo el diálogo entre el cuerpo y el cerebro.

Cuando esa conversación disminuye durante horas, días o años, el sistema nervioso pierde oportunidades para seguir refinando sus estrategias de movimiento.

No dejamos de aprender.

Simplemente aprendemos otra cosa.

Aprendemos a movernos menos.

Y el organismo se adapta exactamente a eso.

¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?

Más de lo que parece.

No porque un calzado minimalista vaya a resolver por sí solo las consecuencias del sedentarismo.

Sería una afirmación poco rigurosa.

Pero sí porque unos pies que pueden moverse, percibir y participar activamente favorecen que el organismo reciba una información sensorial más rica durante las actividades cotidianas.

Sin embargo, el mejor calzado del mundo no puede sustituir algo esencial.

El movimiento.

El barefoot es una herramienta.

Caminar es el estímulo.

Y ninguna herramienta funciona si dejamos de utilizar el cuerpo para aquello para lo que fue diseñado.

Lo que veo cada día en consulta

Hay personas que llegan convencidas de que necesitan plantillas nuevas, zapatillas diferentes o un tratamiento complejo.

Y, por supuesto, en muchos casos esas herramientas son útiles.

Pero también observo algo que se repite con frecuencia.

Cuando consiguen incorporar más movimiento a su día a día, aparecen cambios que van mucho más allá de los pies.

Se sienten más ágiles.

Más estables.

Más seguros.

Con más confianza.

Porque el cuerpo responde al uso.

No únicamente al tratamiento.

Ninguna intervención puede sustituir el efecto de un organismo que vuelve a moverse de forma habitual.

Qué puedes hacer desde hoy

No pienses únicamente en entrenar.

Piensa en moverte más.

Levántate unos minutos cada hora.

Sube escaleras cuando sea posible.

Camina mientras hablas por teléfono.

Varía las posturas.

Busca pequeños desplazamientos durante el día.

No parecen grandes cambios.

Pero para el sistema nervioso representan cientos de oportunidades para seguir aprendiendo.

El movimiento cotidiano suma mucho más de lo que imaginamos.

🔬 En una frase

El cuerpo no pierde capacidades porque pasan los años. Las pierde, en gran parte, porque deja de necesitarlas.

La idea más importante

La edad influye.

Sería absurdo negarlo.

Pero el envejecimiento biológico y el desuso no son exactamente la misma cosa.

Nuestro organismo conserva una enorme capacidad de adaptación durante toda la vida.

Cada paso.

Cada paseo.

Cada cambio de postura.

Cada movimiento diferente.

Es un recordatorio para el cuerpo de que esa función sigue siendo importante.

Y el cuerpo suele responder cuidando aquello que todavía utiliza.

Una pregunta para reflexionar

Piensa en un día cualquiera de tu rutina.

¿Tu cuerpo recibe suficientes motivos para conservar sus capacidades… o está aprendiendo, poco a poco, que ya no las necesita?

En el próximo artículo…

Hasta ahora hemos hablado de movimiento, adaptación y sistema nervioso.

Pero existe un concepto que atraviesa todos los capítulos de este blog y que, sin embargo, pocas veces se explica con claridad.

La variabilidad.

¿Por qué caminar exactamente igual miles de veces puede acabar siendo un problema?

¿Y por qué cambiar ligeramente la forma de movernos puede hacer que el cuerpo distribuya mejor las cargas?

Descubriremos que, en biomecánica, repetir siempre el mismo movimiento no siempre es sinónimo de eficiencia.

A veces, la mejor estrategia consiste precisamente en disponer de muchas maneras diferentes de resolver el mismo desafío.

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