Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN
"El problema rara vez es el movimiento. El problema aparece cuando exigimos más de lo que el cuerpo puede tolerar en ese momento."
"Pero si solo salí a correr..."
Es una conversación que tengo muy a menudo en consulta.
—No entiendo qué ha pasado.
—Solo hice diez kilómetros.
—He corrido muchas veces esa distancia.
—Y al día siguiente no podía apoyar el pie.
Cuando profundizamos un poco más, empiezan a aparecer los detalles.
Llevaba varias semanas entrenando menos.
Dormía peor.
Había aumentado el ritmo.
Tenía mucho estrés en el trabajo.
Había cambiado de calzado hacía pocos días.
Ninguno de esos factores, por separado, parecía suficiente para explicar la lesión.
Pero juntos habían cambiado algo muy importante.
La capacidad del cuerpo para adaptarse.
El cuerpo vive negociando con la carga
Cada tejido de nuestro organismo recibe cargas continuamente.
Los huesos.
Los tendones.
Los músculos.
Las articulaciones.
Incluso el sistema nervioso responde a las demandas que le imponemos.
Caminar es una carga.
Subir escaleras también.
Correr supone una carga mayor.
Levantar peso, saltar o permanecer muchas horas de pie son formas distintas de exigirle algo al organismo.
Y el cuerpo tiene una extraordinaria capacidad para responder.
Siempre que la demanda sea compatible con los recursos de los que dispone.
Adaptarse es una forma de supervivencia
Cuando entrenamos de manera progresiva, el organismo interpreta que necesita prepararse para el futuro.
Los músculos aumentan su capacidad.
Los tendones modifican su estructura.
Los huesos se remodelan.
El sistema nervioso mejora la coordinación.
No ocurre de un día para otro.
Sucede porque el cuerpo entiende que esa carga volverá a repetirse.
La adaptación es, en realidad, una forma de anticiparse al mañana.
¿Por qué aparecen entonces las lesiones?
Porque existe un límite.
Cuando la carga supera la capacidad del tejido para tolerarla, empiezan a aparecer los problemas.
A veces sucede porque hacemos demasiado.
Otras veces porque hacemos muy poco durante mucho tiempo y, de repente, exigimos mucho.
En ocasiones la carga física no ha cambiado.
Lo que ha cambiado es la capacidad del organismo para gestionarla.
Dormimos peor.
Tenemos más estrés.
Nos recuperamos menos.
Estamos atravesando una enfermedad.
O simplemente llevamos semanas acumulando fatiga.
El tejido recibe la misma carga.
Pero ya no dispone de los mismos recursos.
El dolor no siempre significa que el cuerpo sea frágil
Existe una idea que me preocupa especialmente.
Muchas personas interpretan una lesión como una señal de que su cuerpo está roto.
La mayoría de las veces no es así.
En numerosas ocasiones, el dolor es la forma que tiene el organismo de avisarnos de que necesita más tiempo, una mejor recuperación o una progresión diferente.
No es un enemigo.
Es un sistema de protección.
Escucharlo no significa dejar de moverse.
Significa comprender qué está intentando decirnos.
¿Qué tiene que ver esto con el barefoot?
Muchísimo.
Cada vez es más frecuente encontrar personas que cambian a un calzado minimalista de un día para otro porque han leído que es más natural.
Y, pocas semanas después, aparecen molestias.
No porque el calzado sea perjudicial.
Sino porque el cuerpo todavía no estaba preparado para las nuevas demandas.
Los músculos del pie.
Los tendones.
La musculatura de la pierna.
Incluso el sistema nervioso.
Todos necesitan tiempo para adaptarse a una forma diferente de recibir las cargas.
El barefoot no rompe tejidos.
La falta de adaptación sí puede hacerlo.
Por eso una transición progresiva no es una recomendación prudente.
Es una necesidad biomecánica.
Lo que veo cada día en consulta
Una de las frases que más repito a mis pacientes es esta:
"No necesitamos que hagas menos. Necesitamos que tu cuerpo sea capaz de hacer más."
Ese cambio de perspectiva transforma completamente el tratamiento.
El objetivo deja de ser evitar el movimiento.
Empieza a ser aumentar la capacidad del organismo para tolerarlo.
En muchas ocasiones no buscamos proteger un tejido indefinidamente.
Buscamos prepararlo para que vuelva a soportar la vida que esa persona quiere vivir.
Y esa diferencia cambia por completo la rehabilitación.
Qué puedes hacer desde hoy
La próxima vez que aparezca una molestia, antes de pensar únicamente en el lugar donde duele, pregúntate:
¿He cambiado algo en mi actividad?
¿Estoy descansando igual que hace unas semanas?
¿Cómo está siendo mi nivel de estrés?
¿He aumentado la intensidad demasiado rápido?
¿Estoy permitiendo que mi cuerpo se adapte?
Muchas veces, la respuesta empieza mucho antes del dolor.
🔬 En una frase
El cuerpo no se fortalece evitando las cargas. Se fortalece aprendiendo a tolerarlas de forma progresiva.
La idea más importante
La biomecánica no consiste en encontrar el movimiento perfecto.
Consiste en ayudar al organismo a desarrollar la capacidad necesaria para responder a las demandas de la vida.
Porque el problema casi nunca es caminar.
Ni correr.
Ni entrenar.
El verdadero problema aparece cuando exigimos hoy un cuerpo que todavía pertenece al ayer.
Una pregunta para reflexionar
Piensa en la última lesión que recuerdes.
¿Fue realmente el movimiento el que la produjo… o tu cuerpo simplemente aún no estaba preparado para soportar esa carga?
En el próximo artículo…
Hasta ahora hemos hablado mucho del cuerpo.
Pero hay un protagonista que aparece en todos los capítulos y casi nunca recibe el reconocimiento que merece.
El cerebro.
¿Por qué dos personas con la misma lesión pueden sentir un dolor completamente diferente?
¿Por qué el miedo puede cambiar la forma de caminar?
¿Y por qué el sistema nervioso decide, en muchas ocasiones, protegernos incluso antes de que exista un daño importante?
Entraremos en uno de los temas más fascinantes de la biomecánica moderna: la relación entre el cerebro, el dolor y el movimiento.