Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN
"Heredamos la forma de nuestros pies. Pero la forma en la que vivimos con ellos también influye en cómo evolucionan."
Hay una frase que escucho constantemente en consulta.
—"Tengo juanetes porque mi madre también los tenía."
O justo la contraria.
—"Los juanetes aparecen por llevar zapatos estrechos."
¿Quién tiene razón?
La realidad es que ambas afirmaciones contienen parte de verdad.
Y, precisamente por eso, ninguna explica por sí sola por qué aparece un juanete.
Lo que dice la evidencia
El hallux valgus —el nombre médico del juanete— es una deformidad progresiva en la que el dedo gordo se desvía hacia los demás dedos mientras el primer metatarsiano se desplaza en sentido contrario.
Sabemos que existe un importante componente hereditario.
No heredamos el juanete.
Heredamos determinadas características del pie.
La forma del primer metatarsiano.
La laxitud ligamentosa.
La movilidad articular.
La estructura ósea.
Todo ello puede hacer que una persona tenga mayor predisposición.
Pero predisposición no significa destino.
La evolución depende también de otros factores.
Entonces… ¿el calzado influye?
Sí.
Pero conviene entender cómo.
Un zapato no crea un juanete en un pie completamente sano de un día para otro.
Lo que puede hacer es favorecer la progresión de una deformidad que ya tenía tendencia a desarrollarse.
Cuando la puntera comprime los dedos durante años, el dedo gordo permanece desplazado hacia dentro.
Ese estímulo repetido puede acelerar la deformidad.
Especialmente si ya existía una predisposición anatómica.
Por eso el calzado no suele ser el único responsable.
Pero tampoco podemos decir que no tenga ninguna influencia.
Lo que veo cada día en consulta
Como podólogo especialista en biomecánica, atiendo con frecuencia familias en las que varias generaciones presentan juanetes.
Abuela.
Madre.
Hija.
La genética existe.
Pero también observo algo interesante.
No todas evolucionan igual.
Algunas presentan deformidades muy leves incluso con muchos años de evolución.
Otras desarrollan dolor importante en poco tiempo.
Y muchas veces la diferencia no está únicamente en la herencia.
Está en el tipo de calzado.
En la actividad.
En la movilidad del pie.
En la fuerza muscular.
Y en la forma en la que ese pie soporta las cargas cada día.
Por eso nunca me basta con mirar una radiografía.
Necesito entender cómo funciona ese pie.
El error más frecuente
Muchas personas creen que, como el juanete "es hereditario", no pueden hacer absolutamente nada.
Y eso no siempre es cierto.
No podemos cambiar la genética.
Pero sí podemos actuar sobre muchos de los factores que influyen en su evolución.
Elegir un calzado con espacio suficiente.
Evitar la compresión constante.
Mantener una buena movilidad.
Trabajar la musculatura del pie cuando esté indicado.
En muchas ocasiones, pequeños cambios realizados a tiempo pueden ayudar a ralentizar la progresión y mejorar los síntomas.
Qué puedes hacer
Si existen antecedentes familiares, presta atención a la evolución de tus pies, pero no des por hecho que desarrollarás un juanete severo.
Utiliza un calzado con una puntera amplia que permita que los dedos mantengan su posición natural.
Consulta si aparecen dolor, dificultad para caminar o cambios importantes en la alineación del dedo.
No esperes a que el problema sea muy avanzado para buscar asesoramiento.
Recuerda que el tratamiento debe adaptarse a cómo funciona tu pie, no únicamente a la apariencia del juanete.
Conclusión
Los juanetes no dependen únicamente de la genética.
Ni únicamente del calzado.
Como podólogo, intento explicar a mis pacientes que la mayoría de los problemas del aparato locomotor aparecen por la combinación de varios factores.
La herencia puede marcar el punto de partida.
Pero nuestros hábitos también influyen en el camino.
Mi trabajo no consiste en buscar un único culpable.
Consiste en comprender por qué ese pie está evolucionando de esa manera y qué podemos hacer para ayudarle a seguir funcionando lo mejor posible.
Porque muchas veces no podemos elegir la forma con la que nacen nuestros pies.
Pero sí podemos decidir cómo cuidarlos durante toda la vida.