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ARTÍCULO 58. ¿Las zapatillas amortiguadas protegen realmente las articulaciones?

13 de agosto de 2026 por
JAVIER SALINERO MARTÍN

Podólogo · Especialista en Biomecánica · Fundador de VOLKAN

"Si añadir más espuma protegiera automáticamente las articulaciones, hoy tendríamos menos lesiones que hace treinta años. Y, sin embargo, la realidad es bastante más compleja."

Hay una frase que escucho con mucha frecuencia en consulta.

"Me duelen las rodillas. Creo que necesito unas zapatillas con más amortiguación."

Es una conclusión completamente lógica.

Nos han enseñado que, si colocamos más material entre el suelo y el cuerpo, el impacto será menor.

Y si el impacto es menor, las articulaciones deberían sufrir menos.

Parece una explicación sencilla.

El problema es que el cuerpo humano no funciona como una máquina que recibe golpes.

Funciona como un sistema vivo que se adapta constantemente.

Y es precisamente ahí donde la biomecánica cambia por completo la forma de entender este mito.

Lo que dice la ciencia

Cada vez que caminamos o corremos, el cuerpo no recibe simplemente un impacto.

Lo gestiona.

Los músculos.

Los tendones.

Los ligamentos.

Las articulaciones.

Todo el sistema trabaja de forma coordinada para absorber, distribuir y reutilizar parte de la energía de cada paso.

Diversos estudios en biomecánica muestran que aumentar la amortiguación del calzado no implica necesariamente una reducción de las cargas que soportan las articulaciones.

De hecho, el organismo adapta automáticamente la rigidez de la pierna y modifica la forma de apoyar para mantener un patrón de movimiento relativamente estable.

En otras palabras, el cuerpo no deja de trabajar porque debajo haya más espuma.

Simplemente cambia la manera de hacerlo.

Por eso, una zapatilla muy amortiguada no garantiza, por sí sola, una mayor protección frente a las lesiones.

¿Por qué creemos que más amortiguación significa más protección?

Porque la idea parece de sentido común.

Si dejamos caer un objeto sobre un colchón, el impacto será menor que sobre el suelo.

Y tendemos a pensar que nuestros pies funcionan igual.

Pero el cuerpo no es un objeto.

Es un sistema capaz de anticiparse, adaptarse y modificar continuamente su forma de moverse.

Cuando cambia el calzado, también cambia la actividad muscular.

La forma de apoyar.

La posición de las articulaciones.

La tensión de los tendones.

Por eso, no podemos valorar una zapatilla aislándola de la persona que la utiliza.

En biomecánica, el calzado nunca actúa solo.

Siempre forma parte de un sistema mucho más complejo.

Lo que veo cada día en consulta

Como podólogo especialista en biomecánica, muchas personas llegan convencidas de que necesitan una zapatilla con más amortiguación para proteger sus rodillas, sus caderas o su espalda.

Sin embargo, cuando realizamos un estudio biomecánico, muchas veces descubrimos que el problema no está en la cantidad de espuma.

Está en cómo se mueve ese cuerpo.

En una limitación de movilidad del tobillo.

En una musculatura que no trabaja de forma eficiente.

En una falta de estabilidad durante el apoyo.

O en una técnica de marcha o de carrera que hace que determinadas estructuras soporten más carga de la necesaria.

En esos casos, cambiar únicamente la zapatilla rara vez resuelve el problema.

Porque la pregunta importante no es cuánta amortiguación lleva el calzado.

La pregunta es por qué esa articulación está soportando esas cargas.

La idea con la que me gustaría que te quedaras

Hay una reflexión que suelo compartir con mis pacientes.

Las articulaciones no necesitan vivir alejadas de las cargas. Necesitan estar preparadas para gestionarlas.

Nuestros músculos son amortiguadores activos.

Los tendones almacenan y liberan energía.

El pie distribuye las presiones y adapta el apoyo a cada superficie.

Cuando ese sistema funciona correctamente, el cuerpo dispone de mecanismos mucho más sofisticados que cualquier material que podamos colocar bajo la suela.

Eso no significa que toda la amortiguación sea innecesaria.

Significa que la protección de las articulaciones depende de muchos más factores que unos milímetros extra de espuma.

Qué puedes hacer

  • No elijas un calzado únicamente por la cantidad de amortiguación que tenga.

  • Prioriza un modelo que se adapte a tu actividad, a las características de tus pies y a tus necesidades reales.

  • Si tienes dolor articular, evita asumir que la solución consiste simplemente en añadir más amortiguación. Lo primero es entender por qué aparece ese dolor.

  • Mantén una buena fuerza muscular y una adecuada movilidad. El mejor amortiguador del cuerpo sigue siendo el propio cuerpo.

  • Si las molestias persisten, consulta con un podólogo y realiza un estudio biomecánico que permita identificar qué factores están condicionando tu forma de caminar o correr.

Conclusión

Las zapatillas amortiguadas pueden resultar muy cómodas.

Y, en determinados contextos, pueden ser una buena elección.

Pero comodidad no siempre significa mayor protección articular.

Como podólogo especialista en biomecánica, desconfío de cualquier mensaje que prometa resolver un problema complejo con una única característica del calzado.

Las articulaciones no dependen solo de la zapatilla que llevas.

Dependen, sobre todo, de cómo se mueve el cuerpo que hay dentro de ella.

Mi trabajo no consiste en recomendar más o menos amortiguación.

Consiste en comprender cómo funciona cada persona para ayudarle a tomar decisiones basadas en su biomecánica y no únicamente en el marketing.

Porque proteger una articulación no empieza bajo el pie.

Empieza entendiendo cómo se mueve todo el cuerpo.

Y cuando cambias esa forma de mirar el movimiento, descubres que el mejor calzado no siempre es el que más hace por tus pies.

Muchas veces, es el que mejor les permite hacer su trabajo.

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